Tres bolivianos que sostienen una universidad

A P I Y A U L A C O L U M N A D E O P I N I Ó N Tres bolivianos que sostienen una universidad BRYAN CABRERA C. Estudiante de la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA) 23 de octubre de 2026 · 20:00 (hora de La Paz) jhonatancabrera52@gmail.com A las cinco de la mañana, cuando La Paz todavía tiene la cara hundida en la almohada y el termómetro apenas supera los cinco grados, alguien ya está encendiendo una hornilla frente a la UMSA. Nadie la contrató. Nadie le dio uniforme ni sueldo. Y sin embargo, antes de que suene el primer timbre de clases, esa vendedora y su olla de api habrán hecho más por la educación pública que muchos discursos de aniversario.
La escena se repite desde hace décadas por las avenidas Villazón, Federico Zuazo y 6 de Agosto. El olor a fritura, el vapor que sube de las ollas metálicas y el bullicio de miles de personas componen un paisaje que no figura en ningún plano oficial de la universidad, pero que cualquier estudiante podría dibujar de memoria.
El problema no es que existan puestos de desayuno alrededor de la universidad. El problema es que la ciudad los trata como un estorbo que se barre, cuando en realidad son una infraestructura que ya funciona. Y si seguimos persiguiéndolos en lugar de ordenarlos, vamos a perder una de las pocas cosas que mantiene de pie a miles de estudiantes antes de las ocho de la mañana. Defender estos puestos no es defender el desorden; es defender un desayuno, un empleo y una costumbre que sostienen a la universidad desde afuera.
Empecemos por lo que no sale en los titulares. Según datos de la Subalcaldía de Cotahuma, hay más de cuarenta vendedores de alimentos, entre formales e informales, en un radio de apenas tres cuadras alrededor del campus. Cuarenta puestos no son cuarenta ollas: son cuarenta familias, y según el cálculo más prudente, cientos de personas que dependen de lo que vendan antes de las nueve de la mañana, cuando desarman los toldos plásticos, guardan las cajas de madera y empujan sus carritos metálicos hasta el día siguiente. Cada uno de ellos madruga antes que el estudiante más disciplinado, aguanta el frío antes que el primer docente y sostiene la economía de su casa con monedas de tres y cuatro bolivianos. Esa gente no pide bonos ni subvenciones.
Pide un pedazo de vereda y un cliente con hambre. En una ciudad donde gran parte del comercio es informal, que tantas familias se inventen su propio trabajo en la esquina del monoblock central, frente a miles de personas que cruzan cada mañana, no es desorden. Es resistencia con aroma a canela. Pero el desayuno callejero no solo da trabajo; también da de comer a quienes más lo necesitan. Un api con buñuelo cuesta entre tres y seis bolivianos, bastante menos que un café o un comedor del centro, y eso en un momento en que la inflación y el costo de los alimentos básicos aprietan a todos. Según estimaciones de investigadores de la propia UMSA, al menos el sesenta por ciento de los estudiantes compra su desayuno fuera del campus tres o más veces por semana. El menú lo explica: el api morado, hecho con maíz molido, canela y clavo de olor; los buñuelos que se inflan apenas tocan el aceite caliente; el sándwich de chola o la marraqueta con queso para quien tiene prisa. Cada vaso es comida de verdad a precio de estudiante. Piensa en la cifra: seis de cada diez universitarios que llegan a clases con algo caliente en el estómago gracias a un servicio que nadie planificó y nadie subvenciona. Quien estudia en la UMSA lo sabe: cruzar la avenida Villazón con el viento seco de la madrugada y un vaso de api humeante entre las manos no es un lujo, es el combustible para una jornada larga de clases. Y un cuerpo que no desayuna no aprende igual. Si la universidad pública presume de garantizar el acceso al conocimiento, debería reconocer que ese acceso empieza, literalmente, en la vereda de enfrente.
Hay un tercer argumento, y es el que más cuesta medir: lo que estos puestos construyen sin proponérselo. Los vendedores no se quedaron en el pasado; muchos ya aceptan pagos con código QR y billeteras móviles, y así atraen a un público joven que casi no carga efectivo. Lo que no ha cambiado, y ojalá nunca cambie, es el saludo de las seis de la mañana, la conversación breve mientras se sirve el vaso, la sonrisa que se repite todos los días. Entre el vapor de las ollas se teje una red invisible que une a generaciones de estudiantes y comerciantes en un mismo paisaje de esfuerzo compartido. La compra de un desayuno deja de ser una simple transacción y se vuelve un acto cotidiano de cercanía, de pertenencia, de ciudad.
Ningún reglamento municipal puede fabricar esa confianza. Solo se construye con años de madrugones compartidos, y cuando se pierde, no hay decreto que la devuelva. Si algo distingue a La Paz de otras ciudades es esa manera de convertir lo cotidiano en comunidad, y esa es precisamente la que estamos poniendo en riesgo.
Ya sé lo que piensa el lector: «Son puestos informales, ocupan la vía pública y nadie controla la higiene de lo que se sirve. La seguridad alimentaria no es negociable». Y tiene razón. Una olla mal lavada puede enfermar a cualquiera, y el espacio público no pertenece a quien llega primero. Los debates municipales sobre limpieza, orden y uso de las aceras no son caprichos de burócratas: son preguntas legítimas que merecen respuestas serias, y quien las ignora por romanticismo le hace un flaco favor a los propios vendedores.
Pero la respuesta a un problema de regulación no puede ser la expulsión. Los intentos de reubicar o formalizar a los vendedores han provocado debates recurrentes, y los operativos municipales no han logrado borrar los puestos, porque la demanda sigue ahí, a las cinco de la mañana, con frío y con hambre. Perseguir un servicio que miles de personas usan cada día es como intentar secar un río con una cuchara. Lo inteligente es lo contrario: capacitación en manipulación de alimentos, agua y basureros en las esquinas, espacios demarcados y horarios claros. Estos puestos ocupan la calle unas cuatro horas, entre las cinco y las nueve de la mañana. Formalizar no es sinónimo de desalojar: es reconocer que alguien ya está prestando un servicio y exigirle, al mismo tiempo que se le garantiza, un lugar digno donde prestarlo. Una convivencia ordenada es posible. Lo que no es posible es seguir fingiendo que un operativo puede borrar lo que la ciudad necesita.
Mañana, a las cinco, la hornilla volverá a encenderse frente a la UMSA. Habrá vapor, habrá api y habrá una vendedora que ya sabe cuántos vasos servirá antes de que amanezca. Y eso, lejos de ser un problema, es una buena noticia: mientras haya quien madrugue para alimentar a otros, esta ciudad tiene futuro. Por eso, a quienes venden: sigan armando sus carritos y llenando sus vasos, porque cada api que sirven es un estudiante que llega más lejos. Y a nosotros, los que desayunamos, nos toca devolverles lo mismo: respeto, apoyo y un lugar digno donde seguir madrugando por nosotros. Una universidad no se mide solo por sus aulas, sino también por el vaso de api que sostiene a quienes llegan a ellas.



